Envueltos con redes tupidas
cuyas garras se estrellan
contra el firmamento.
Seres puros no corporeos,
invisibles, salvavidas
de los mortales. Ni feos
ni demasiado bellos.
Nadie hasta el momento
ha podido precisar
que de esas sombras
nazca la esperanza.
Cuando nos miran, quizás
se desternillarán
o es posible que jamás
esbozen ni una sonrisa.
Rostros imaginados,
inamovibles. No hay caras.
Seres danzarines o alados,
nadie sabe cómo son.
Ni pagan impuestos,
ni cagan lo consumido,
ni salen de noche
ni están sedientos.
Tampoco tienen nombres
ni se les invita a fiestas.
Ignoramos si su ropa
es de marca o de batalla.
Si han soñado en ser felices
o si saben cuál es el sentido
de la vida. Grandes dudas.
Compañías gratuitas,
niñeras aberrantes,
vigilantes del pecado.
Sombras que no vemos
pero ahí están.
Ni prueban la paella
ni miran las piernas
de las mozas.
O quizás, puede ser,
que sí las miren
e incluso posen sus manos,
perdón, sus alas.
Cruje tu ser, los músculos molludos
se contraen. Ruge tu garganta
y sale un bramido, redondo y bravo.
Cris, ven. El traje se te ha manchado.
Se te ha ensuciado de odio y perdición.
Los lamparones de indecencia te delatan.
Ni así pasaran mil años
sabrías lo que es el amor.
La cara de Cristina, o de Francisca,
una de las dos, frente al espejo.
Una lavadora gigantesca
sería incapaz de borrar tus males.
¿Has tenido algún gesto piadoso
en toda tu puñetera vida?
Entras, sales, te vas,
siempre con la perversidad
en tu mochila vital.
Gestos de maldad prodigiosa.
Siempre así.
Ódiate a ti mismo
como odias a los demás.
Te has enojado de nuevo,
te importa un huevo, un comino,
cuál es la causa del enfado.
Los ojos se enfurecen
bajo el calor asfixiante
de los siglos oscuros.
Sería factible la regeneración
en vidas sucesivas.
El barco que soportamos entre todos
se precipita sobre nuestros cuerpos
y es el momento propicio en que, solos,
lo lancemos al mar de los seres muertos.
Donde yacen las cosas innecesarias,
allí está tu otro Yo, la inspiración que llega,
el mundo navegando con todos los parias
de la tierra, con extremo sacrificio y entrega.
Hay días en que pesa tanto la mañana,
que no te hubieras levantado, y mucho mejor,
porque ni te reconoces ni a la realidad mundana.
Hay días en que dices: "Dejadme, por favor".
Ahí, en tu morada, protegido entre mentiras,
ideas ficticias y gentes a las que no soportas,
viajan a la deriva, llenas de rencores e iras.
Allí, dentro de ti, casi ni se notan las tortas.
Las bofetadas que te han pegado en tu existencia,
las que darás en la mejilla de los otros.
Recuerdas a seres que ya no viven, sólo su esencia
se conserva, casi intacta, entre nosotros.
Con perspectiva de aparente indolencia,
uno afronta los días más amargos
que da la vida, sin apenas inmutarse,
acostumbrado ya a los sinsabores de una existencia
entreverada de hechos insignificantes.
De todo lo que podemos desprendernos
para aligerar el regreso a casa, a la nada,
cuando el fuego devore nuestro cuerpo
y nuestra alma se fugue o se sumerja
en el infinito.
La mochila vacía de tantos proyectos
hasta que la podamos arrojar al río
para que en un recodo de su lecho fragante
alguien la encuentre y la vuelva a llenar.
El viaje es inverso: mientras otros acumulan,
uno se vacía, lentamente, sin presumir,
sin que nadie se dé cuenta.
Sólo es respetable el alma que busca ayudar
a quien se lo pida.
Sólo se debe el desprecio a quien, legítimamente,
realiza sus actos para beneficio propio.
La vida es un frío acero, a veces algo rugosa,
con el filo acechando el cuello de los hombres
y en cuanto te mueves en dirección equivocada,
zas, la sangre brota de la herida,
de un corte seco, que ya no cicatriza,
supurando odios y envidias durante años.
Los doctores nada podrán hacer
en caso de accidente.
La vida está en manos de Dios.
Pero uno debe ser precavido.
De verdad, el acero pincha
y resulta molesto, angustioso...
mortal.
Por más que te empeñes,
nunca accederás al silencio.
En las horas de vigilia,
las voces de la cotidianeidad
estarán presentes. Y los ruidos,
tu respiración. El sonido interno.
Sólo la opción de no-escuchar,
de forma consciente,
y mantenerte absorto
en tus pensamientos,
te puede acercar más a la quietud.
El claxon del vehículo,
los decibelios de tormento de la moto,
la algarabía de un grupo de jóvenes
(hasta sus risas te exasperan),
el sonido majestuoso de la lluvia
lindante a la perfección,
el teclado del ordenador
y el rumor del aire acondicionado.
¡Y qué placer cuando desconectas
todos los aparatos!
La calle, en la solitud de la madrugada,
se muestra en blanco y negro,
sólo algún vehículo quiebra la quietud.
En tu interior, la lucha prosigue,
sin tregua; las postreras horas
que nunca disfrutarás
y la espera de un día venidero
lleno de incógnitas.
Sí, sí. ¿No lo sabías?
El silencio es inaccesible.
Tampoco la paz, la verdad,
o la perfección.
El romanticismo trasnochado
encaja bien con la vida errante
en la que te has embarcado.
Publica una esquela en el diario:
"Los años de felicidad fallecieron
en el día de ayer. Su desconsolada
viuda, hijos, primos, cuñados,
familia política, vecindario,
seres anónimos que los sufrieron,
se darán un baño de puntualidad
en la fuente de los relojes.
Descansen en paz".
Basta ya de tantas bromitas y de hedonismo sin fin.
La vida no es un avión ultrasónico, se le debe seriedad. Ni transcurre a marchas forzadas, como quieren algunos, ni es tan lenta, que parece un estado de tedio continuo.
Basta de risas incontroladas, de la falsa felicidad.
En cualquier momento, la muerte puede asaltarnos
y segar todas las paridas en que hemos estado envueltos.
Hasta ahí hemos llegado. Unos pensarán: disfrutó.
Quien huye cogido de la mano de doña Muerte,
es posible que haya tenido suerte, pero no lo sabe.
Los días en este pretendido paraíso son un aprendizaje, según nos han relatado quienes saben de eso.
Por eso, hoy en el Telediario un hombre de peso y dinero anunciará el fin de la crisis económica, mientras el traje se toca para comprobar que aún sigue vivo.
A veces es posible que un punto de crueldad se imponga.
Aprender a distanciarse de la realidad es fastigoso
y, mucho más sin un duro en el bolsillo, ese que nos niega quien le dicta al oído a quien debe anunciar que no hay crisis, aunque la pobreza se extiende y todo se va a superar.
A la vuelta de la esquina, te roban la cartera, te mueres por dentro, te tiemblan las manos y el colesterol sube.
A la chica de la esquina, que está de vuelta, le bajan
los clientes, y ahora no hay ninguno.
Te pegan un tiro en la próxima esquina.
Vuelvo a casa, nadie me espera,
el regreso es precipitado,
viajo solo, la vida entera
es un precipicio.
Me hundo, me caigo,
no he avisado, gestos de sorpresa,
están todos de fiesta
y yo me refugio en mi timidez.
He vuelto a casa, todo retumba,
la larga espera por llegar,
casi sin comer ni dormir,
todo por un beso, un abrazo.
Estoy en casa, en el hogar,
con esos que dicen ser
mis queridos familiares,
lazos consaguineos
nos unen. Sí, ya lo sé,
sólo hay más que una.
Me acuesto solo, en el lecho,
en la oscuridad galopante
que azuza mis fantasias
de libertad.
Duermo solo, ya llegué a casa,
y nada parece haber cambiado.
Todo sigue igual,
los mismos cuadros,
la revista olvidada en un cajón,
los besos de antaño,
mi actitud despectiva,
la indolencia por doquier,
la misma bombilla fundida,
un frigórifico repleto de víveres,
los calcetines de la infancia,
los apuntes de estudiante,
el mismo guiso en la cazuela,
los sábados, lentejas,
las costumbres que no cambian.
Solo me levanto, a nadie le importo.
Nadie depende de mi
ni yo dependo de nadie.
Me he marchado de casa,
pero esta vez, quizás,
no habrá regresos de niño mimado.
Ni pensaré en obscenidades
por las noches, sólo,
en el lecho húmedo
del invierno de Dénia.
Volveré algún día,
para quedarme sin más,
porque alguna vez
hay que mandar el destino
a hacer puñetas.
Ya he vuelto al hogar,
ya soy feliz,
nunca fui consciente
de la sensación de alivio
cuando rompes con el pasado.
Desde la madurez
Parece que el regreso al hogar
Acaba de ocurrir esta mañana,
O ayer, o el mes pasado,
O quizás vuelva a suceder.